Sebastian y los recuerdos de Maranello

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Rojo. Todo rojo. Cuando llegó a la fábrica sintió un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. Estaba en un lugar sagrado y todo lo que veía era venerado por los trabajadores de la empresa. Y por tantos y tantos aficionados que cada año se desplazaban hasta allí para rendir tributo al equipo de carreras más glorioso de la historia de la Fórmula 1. Casi había olvidado lo que significaba Maranello para tanta gente. Este era su quinto año atravesando esas puertas como miembro de Ferrari y hacerlo se había convertido en rutina.

Su fichaje por el fabricante italiano había sido un bombazo mediático, azuzado por la marcha de su predecesor en el puesto. Competir para la Scuderia significaba mucho para él. Su buen amigo e ídolo de la juventud llevó a este equipo a lo más alto, dominando a placer el campeonato durante años. El día que firmó el contrato, una lágrima de emoción quiso escaparse libremente. La temporada no fue coser y cantar, pero ganar en su segunda carrera con ellos y robarle otras dos victorias a la todopoderosa Mercedes se podía considerar todo un éxito. Ferrari se reestructuraba y él era el eje de todo ese movimiento.

Caminando por el pasillo divisó una fotografía. Era el podio de Monza y allí aparecía él levantando el trofeo de tercer clasificado por encima de las cabezas de los tifosi. “¡Qué bonito recuerdo!”, susurró. Quizás el mejor de una temporada muy dura donde se las había visto con todo el mundo y de todos los colores. El torpedo ruso y su sucesor holandés le habían amargado la existencia en algún que otro Gran Premio. “Esta juventud…”, pensaba Sebastian al rememorar sus encontronazos en China y Rusia con uno, y después en México con el otro, donde llegó a perder los papeles de manera irracional. No estaba orgulloso de lo que dijo por la radio ni de lo que había sucedido, pero así había sido.

Sebastian Vettel en Sepang, camino de su primera victoria con Ferrari en 2015

No quería seguir pensando en ello, así que continuó su ruta por la fábrica. Sus pasos, de forma caprichosa, lo llevaron junto a un trofeo muy especial. Ganar la primera carrera del año siempre da esperanza e ilusión. Aquel objeto conseguido en Australia allá por el 2017 fue la chispa necesaria para volver a poner en marcha la maquinaria de obtención de títulos mundiales que Ferrari guardaba cogiendo polvo desde hacía unos años. El duelo que se desató con los alemanes en los primeros Grandes Premios fue majestuoso. Nada que envidiar en mítica y leyenda a aquellas batallas legendarias en la época dorada del automovilismo. Vettel y Hamilton eran los nuevos Nuvolari y Caracciola. O unos Ascari y Fangio rejuvenecidos.

Recordar aquel año le hacía sentirse bien. Había puesto en jaque al equipo que había superado en dominación lo que en su día alcanzaron los de rojo. Lideró el mundial, hasta que en aquella maldita carrera en Canadá todo se empezó a torcer. Luego volvió a perder los papeles en Azerbaiyán. Alguien le dijo hacía tiempo que era el alemán más latino que conocía. Quizás tuviera razón. Había momentos en que la sangre le fluía de tal manera que era incapaz de contenerse. Era pasión, esa gasolina que movía su destino y que junto a Ferrari se había convertido en un pegamento para unir sus caminos.

Rememoró cómo la unión se puso a prueba en aquellas carreras donde todo comenzó a ir de mal en peor. Los pinchazos en Silverstone fueron duros de asimilar, pero dio un golpe en la mesa en Budapest para recuperar la moral. “¡Qué gran momento!”, recordó alegre. Su mente navegó por el tiempo hacia Bélgica e Italia, donde no ganaron, pero hicieron un buen papel. Daba la impresión que ese era su año. Por fin Ferrari volvería a triunfar en el mundial. Pero después llegó el momento trágico del año, Singapur.

Sebastian Vettel en el podio de Monza. No todo han sido derrotas en su camino junto a Ferrari

Todos los momentos de esa noche fatídica se agolparon en el cerebro de Sebastian. La luna se alza sobre Marina Bay. La lluvia empapa cada metro de asfalto del trazado urbano. Recordaba el momento antes de la salida. La concentración y su visión limpia de la primera curva. Salía desde la Pole Position. No pintaba nada mal, hasta que el semáforo se apagó y todo se fue a pique. Las luces rojas se fueron y abandonaron a su suerte a los coches de igual color. Había sido como un mal sueño. Una pesadilla que se había tornado real. Lo primero que notó fue el golpe del coche azul contra su chasis. Un instante después, casi imperceptible, vio a su compañero de equipo descontrolado abalanzándose sobre él. El otro Ferrari estaba hecho trizas. Los dos monoplazas de Maranello estaban fuera de carrera.

No quería seguir allí. El recuerdo del Gran Premio de Singapur de 2017 todavía dolía. Intentó seguir caminando, pero sus pies no se movían. Su cabeza seguía rememorando ese año. El circuito de Sepang apareció ante él. Aquellos problemas mecánicos del sábado que le obligaron a salir último. Remontó el domingo y en una amarga escalada de puestos alcanzó el cuarto lugar. Luego se lo llevaron por delante en la vuelta de regreso a boxes. “¡A perro flaco todo son pulgas!”, pensó Sebastian. Y tanto, porque quién le iba a decir que sería una maldita bujía la que terminaría con el sueño de todo un equipo. Ese problema en Suzuka sentenció el campeonato. Todo el trabajo, a la basura.

No quería pensar más. Quería seguir caminando por ese lugar tan especial. Con la magia de la noche se disfrutan mejor estos sitios. No hay ruidos ni gente. Todo lo que ves está a disposición de tus sentidos. En ese momento, notó una gran pesadumbre. No había cumplido su misión de triunfar con Ferrari y reverdecer los laureles que un día su querido Michael plantó y regó con champán. De pronto, su cabeza vagó hacia aquel buen inicio de 2018. “¡Vaya par de victorias que nos llevamos!”. Sonreía eufórico. ¡Como corría aquel cavallino!

El Ferrari SF71H de 2018 en manos de Sebastian Vettel, en Albert Park

Pero pronto la imagen del holandés apareció ante sí. El recuerdo de su incidente en China le devolvió a la senda de la amargura. “Sí, mucha Pole Position el sábado, pero luego en carrera nada.” En Azerbaiyán tres cuartos de lo mismo. Sabía que no había estado muy acertado ahí y que perdió puntos muy valiosos a final de año. Aunque su victoria en Canadá le devolvió la alegría, pensar en cómo se llevó por delante al finlandés en Francia, le devolvió a la tristeza. Al menos pudo ganar en Silverstone para sacarse de encima los fantasmas del año pasado, pero sabía que el momento clave que dinamitó su esperanza estaba a la vuelta de la esquina.

Recordó como el mojado motodrom de Hockenheim rugía con la emoción. Cerró los ojos y los detalles llegaron solos. Un pequeño error de conducción, una mera corrección en un asfalto complicado y el Ferrari estaba contra la barrera. Empanzado en la escapatoria y sin nada que hacer para resolver el entuerto, se bajó del coche y maldijo en todos los idiomas que pudo. Desde entonces, ya nada fue igual. El recuerdo funesto de su error de pilotaje lo abnegaba todo. No quería ni podía recordar esos años que tan bien habían empezado y lo mal que habían terminado.

Sin embargo, necesitaba comprender. Analizar por qué la suerte le había sido esquiva en los momentos clave. Sin esos problemas mecánicos en Malasia y Japón en 2017, quizás ahora tendría un título de campeón más y Ferrari habría recuperado la senda del éxito. Tal vez, el 2018 hubiera sido distinto. O a lo mejor no. Era imposible saberlo, lo que pasa es que no quería seguir dándole vueltas a la cabeza y que la temporada que acababa de terminar se manifestara en sus pensamientos.

Vettel y Hamilton en el podio. Ferrari y Mercedes

Porque revivir 2019 era una tortura. Un ejercicio mental que le recordaba similitudes con su pasado. Sus años en Red Bull acabaron con un año así, con un joven piloto de la casa, en el garaje de al lado, que le había mojado la oreja. ¡Cómo le recordaba Charles a Daniel! Veía tantos paralelismos en el 2014 y el 2019… Pero todavía le quedaba un año más de contrato. Doce meses de regalo en el que para él era el mejor equipo del mundo. El grupo de gente y máquinas que le hizo soñar con la gloria, con bañarse en champán y homenajear a su gran amigo. “Todavía queda 2020. Y luego, ya se verá”, pensó para sí mismo Sebastian.

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