Los laureles, el Olimpo y la Fórmula 1

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Todo vencedor de cualquier tipo de competición necesita de un premio, es un hecho. Sea un trofeo o sea una cuantiosa suma monetaria, la satisfacción de vencer tras el esfuerzo realizado es valiosa, pero las medallas y este tipo de bienes son tangibles. Al final, al ser humano le encanta este tipo de detalles.

Uno de los más reconocibles símbolos de la victoria siempre ha sido la corona de laurel que, como su nombre indica, se trata de un compendio de hojas de laurel que ya desde Grecia y Roma poseían este significado. Por aquel entonces, desde guerreros a poetas eran coronados con esta corona para representar que eran los vencedores pero, como con todo, el tiempo pasa.

El deporte empezaría a abrirse paso como una forma de competir entre naciones sin necesidad de entrar en la violencia y, como no podía ser de otra forma, los Juegos Olímpicos se alzarían como ese evento que, desde 1896, se presentaría como la cúspide de la élite deportiva. Todo hombre o mujer dedicado a una disciplina desea un oro olímpico y, aunque la corona en sí se olvidase de forma parcial (se recuperó brevemente en Atenas 2004), el guiño a los laureles nunca se ha olvidado.

Pero estamos aquí para hablar de automovilismo, y aquí también ha habido mucha corona repartida a lo largo de los años. Sin ir más lejos la Fórmula 1 tuvo durante muchos años una gran corona de laurel como protagonista principal en los podios más allá del champán. Aunque principalmente fuese el ganador el galardonado, ha habido varios casos en los que todos los integrantes del cajón salían laureados.

Esta suerte de tradición empezaría a languidecer a mediados y finales de los años 80, momento en el que los trofeos empezaron a abrirse camino hasta llegar a la solución de hoy por hoy: ceremonia de entrega de trofeos, champán con Carmen de Bizet de fondo, alegría, algún selfie e incluso algún ‘shoey‘ y vuelta a pensar en la siguiente carrera.

La temporada de 1985, eso sí, fue especial en muchos aspectos. En lo deportivo, Alain Prost conseguiría su primer título de Fórmula 1 mientras Ayrton Senna lograba su primer triunfo en el Gran Premio de Portugal. Curiosamente, estos dos pilotos serían de los últimos en ver y vivir de cerca el gesto de una personalidad colocando la gran corona de laureles al vencedor.

El mismo Alain Prost sería el vencedor del Gran Premio de Italia de 1985, una prueba innegablemente vinculada a la tradición romana y que, como no podía ser de otra forma, dotaría de los laureles al francés. Nelson Piquet y Ayrton Senna, presentes en ese podio, tendrían que quedarse con las ganas.

Los laureles iban y venían. Mientras que Michele Alboreto era coronado en el Gran Premio de Canadá, nadie lo hacía en el Gran Premio de Bélgica o en el de Detroit. Eso sí, los trofeos no podían faltar. Para encontrar los últimos retazos de esta ceremonia habría que echar la vista al Gran Premio de Sudáfrica de ese año 1985, prueba que ganaría Nigel Mansell para Williams. El británico se llevaría su corona, como también lo harían Keke Rosberg y el mismo Prost.

Desde ese entonces, poco o nada, al menos en Fórmula 1. Si viajamos a una categoría que siempre ha sabido jugar las cartas de la tradición sin perder un ápice de vértigo, las cosas cambian. La IndyCar encuentra a día de hoy en las 500 Millas de Indianápolis su prueba más emblemática. Es la carrera que todos quieren disputar, la que todos ansían vencer y, como no puede ser de otra forma, el ganador es agasajado con todo tipo de detalles.

La corona de laurel es uno de esos estandartes que perduran en la celebración del vencedor junto con el trago de leche tradicional, llegando al punto de ser noticiable la elección y gusto de cada uno de los participantes al respecto. Todos menos Emerson Fittipaldi, que en su día cometió la «herejía» o giro de guion de brindar con zumo de naranja debido a cuestiones de patrocinio. Algo similar hizo Hélio Castroneves este curso, brindando con leche de sabor a fresa por los colores compartidos con su montura en Michael Shank Racing. Eso sí, lo hizo tras el primer trago «reglamentario».

Todo esto cambia en el fin de semana del Gran Premio de Gran Bretaña de 2021. La Fórmula 1, en su intento de innovar el formato de la competición y darle más emoción al asunto, ha tomado la decisión de añadir las carreras al sprint. Aunque bajo la máscara de una clasificación de media hora en la que las posiciones resultantes decidirán la parrilla del domingo, al ganador había que darle algo que no fuese el trofeo… así que vuelven los laureles.

Casi cuatro décadas después de la última vez que la corona de laureles fue entregada al vencedor, este gesto volverá a una Fórmula 1 moderna donde todo cambia y, a su vez, todo vuelve a sus orígenes. Es un detalle curioso y que, sin duda, llamará la atención de todos y todas, pero con un pasado que, como habéis podido averiguar, lleva intrínseco en el motorsport desde siempre o casi siempre.

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