Lewis Hamilton, aquel chavalín que terminará siendo el más grande

5
Comparte

Recuerdo 2007 como si fuera ayer. En España, la Alonsomanía crecía y crecía y no parecía encontrar su techo. Millones de españoles disfrutaban viendo como Fernando Alonso se proclamaba campeón del mundo por partida doble en Interlagos y las audiencias televisivas hacían temblar al todopoderoso fútbol. Los lunes después de cada carrera no se hablaba de otra cosa, por lo menos, en mi ‘cole’. Los chavales que corrían más rápido se autodenominaban como el asturiano, y cada fin de semana todos ansiábamos la llegada de los Grandes Premios para verle brillar en pista.

Pero ese color azul brillante se convirtió en gris oscuro en aquel 2007. El cambio de Renault por McLaren era la mejor opción, y más viendo a posteriori cómo los franceses se desplomaron en rendimiento. Pero los cimientos tiritaban con la llegada de un jovencísimo británico llamado Lewis Hamilton. ¿Quién era? Ni idea. Dicen que ganó con solvencia en la GP2, lo que echan por la tele antes de la Fórmula 1, pero a saber. Es que la GP2 la miramos así de reojo por no ver el ‘Pressing Catch’, que lo echaban las mismas mañanas por Cuatro, entonces no sé. Vale, guay.

Llega el momento de la presentación y Valencia vibra con miles y miles de aficionados, deseando ver a su nuevo ídolo deportivo vistiendo sus nuevos colores. Yo pues bueno, de morros frente al televisor al saber que lo tengo al lado y que mis padres no me han querido llevar. Pero ahí está: mi Alonso, mi Pedro de la Rosa, el tipo este probador y el nuevo. El coche, espectacular. Las ganas de que llegue el Gran Premio de Australia, in crescendo. Y ahí todo va tomando un viraje bastante turbio.

Durante las primeras carreras aquel Hamilton iba muy, muy bien. Oye, míralo. Sus primeras carreras en Fórmula 1 y ahí está el tío, aguanta bien el tirón. En el cuarto Gran Premio se puso hasta líder del Mundial. Ostras, Alonso tendrá bastante competencia, cuidadín. Pero el asunto empezó a escurecerse. Dicen que como es británico es el favorito del equipo. Va tan bien porque McLaren le trata como su primer piloto. Es un niño mimado, mírale ahí con el padre. Por favor, qué ridículo.

En Estados Unidos saltaron las primeras chispas. Lo de Nürburgring fue inexplicable. ¿Por qué sacan a Hamilton con la grúa? ¿Qué me estás contando? En la clasificación del Gran Premio de Hungría ya fue evidente que este tipo no deja de hacer niñatadas. ¡Se la juega a Alonso y, encima, sancionan al nuestro! ¡La FIA y McLaren van totalmente en contra de él! ¡No quieren que gane, esto es escandaloso!

Al final nadie ganó. Nuestro Fernando no se llevó el tricampeonato por nada, pero al menos Hamilton no venció. Algo es algo. Anda que no me partí con el ‘Sanganchao’ y su problema en Interlagos. Jé. Está ahí porque le tratan bien y porque es el mimado de la escudería, sin más. Menos mal que Alonso se va de ahí cuanto antes, no van a hacer nada de provecho.

Pero al año siguiente ganó el Mundial. Psé, con ese coche normal. Además al lado le han puesto a Kovalainen, ya me dirás tú qué batalla tiene ahí. Durante años venideros siguió ganando victorias y oye, sí, que tendrá talento, pero tampoco es para tanto. Ahora se marcha a Mercedes porque en McLaren ya no es rápido y ya verás como allí no hace tanta cosa.

Pero volvió a ganar un Mundial.

Y otro.

Y otro.

Y otro.

Y otro.

Y otro.

Y, con la tontería, ya van siete. Ostras, pues resulta que aquel niño mimado no era tan niño mimado. Que oye, el trato a favor por parte de McLaren lo tuvo. No tan exagerado como se pintó desde estos lares, pero lo tuvo. Pero igual aquel chavalín no era un simple novato. Quizá era el chaval que se convertiría en el más grande de todos los tiempos y resulta que nos contaban milongas para justificar lo que pasaba en pista.

Lewis Hamilton fue uno de los pocos jóvenes que tuvieron la oportunidad de debutar en Fórmula 1 en un equipo ganador. Gran parte de las críticas que recibe el piloto británico a día de hoy es que «sí, con un coche ganador gana cualquiera, pero ya me habría gustado ver a mí a Hamilton con un monoplaza de zona media-baja». Y la respuesta es muy sencilla: no le ha hecho ninguna falta. Muy pocos pilotos, a lo largo de la historia, son capaces de adaptarse tan rápido a un Fórmula 1 y luchar por un Mundial en tu temporada de debut. Si debutó directamente en McLaren, oye, igual es por algo. A Ron Dennis no le hizo ninguna falta verle en un Williams unas temporadas para ver de qué era capaz. 13 años después, creo que entendemos el porqué.

El inglés, año tras año, ha ido perfeccionando su estilo de conducción hasta alcanzar prácticamente la perfección. Desde 2007, su punto fuerte fue la clasificación. Pese a no ganar títulos entre 2009 y 2013, fue capaz de anotar varias poles temporada tras temporada. En carrera, no obstante, se le veían más puntos débiles. Seguía cometiendo errores, chocando con algunos rivales y la mala suerte también le acompañaba, especialmente en aquella temporada 2012 donde peor no le pudo ir.

¿Ahora? Es una bestia. Ya no solo pule las clasificaciones con un récord de poles estratosférico, sino que domina las carreras. Vuelta tras vuelta. Sabe cuándo hay que apretar y cuándo hay que ahorrar. Sabe cuidar las gomas de forma excelente pese a su siempre habitual escepticismo. Durante toda la carrera cuestiona las estrategias de su equipo e intenta controlarlo absolutamente todo desde su cockpit. Rara vez le ves cometiendo errores. Además, con un coche como el Mercedes, es prácticamente imparable.

Y claro, así normal que hayamos llegado a este punto. Así normal que tras 13 años estemos hablando de aquel chavalín que revolucionó el equipo McLaren como el piloto que acaba de igualar los campeonatos del mundo de Michael Schumacher. El Káiser, el diablo rojo, el magistral piloto que copa los libros de récords desde 2003 puede descender de ese escalón a partir de la próxima temporada.

Y sí, que Hamilton haya alcanzado tal cifra de títulos mundiales es gracias a la hegemonía de Mercedes. El dominio es incluso más grande que el de Ferrari en su momento. Al fin y al cabo, ya van siete títulos mundiales de constructores de forma consecutiva. Pero todo piloto que alcance dichas estadísticas siempre lo hará gracias a un equipo dominante. Ni más ni menos. Se puede tratar de comparar y medir si el dominio en dicha época fue mayor o menor, pero es lo que hay. Y el próximo que llegue y supere estas estadísticas lo hará gracias a un equipo aún más imparable. Y eso no le quitará mérito ni a él ni al propio Hamilton.

La Fórmula 1 no dejará de ser un campeonato de coches. El piloto es el que se lleva la gloria, los titulares y la atención mediática, pero todo campeonato llega gracias a su equipo. Para llevarse esa gloria hay que jugar muy bien tus cartas, y sin duda Hamilton juega muy bien a este juego. De hecho, sigue haciéndolo.

No sabemos cuándo terminará esta hegemonía. Un cambio de reglamento, un fichaje por otro equipo o la aparición de una nueva estrella puede borrar esa sonrisa que hemos visto ya en 94 ocasiones. Pero jamás la borrará de los libros de historia, porque Lewis Hamilton ya tiene un lugar bien reservado en dichas hojas.

Quizá te interese
5 Comentarios
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *